Lo más preocupante de la eliminación de Millonarios en Barranquilla no es haber perdido contra el último equipo del Torneo BetPlay, tampoco que haya sido en unos octavos de final de Copa que, por jerarquía, presupuesto y obligación deportiva, el equipo debía superar. Lo verdaderamente preocupante es que nadie debería sorprenderse demasiado.
Antes de que comenzara el partido, la posibilidad de una eliminación ya estaba instalada en la cabeza de buena parte de la hinchada. Porque Millonarios lleva tanto tiempo jugando por debajo de las expectativas que enfrentar a un equipo de una categoría inferior ya no garantiza nada.
Cuando Millonarios parecía otro
Hubo un momento en el que parecía que el club había encontrado un camino. Entre 2020 y 2023, Millonarios construyó un proyecto que, con sus errores y sus derrotas, tenía identidad, característica que hoy es lejana.
Con Alberto Gamero se construyó una estructura que permitió competir durante varios años y que terminó encontrando su premio con el título de Liga de 2023. El problema es que, para la dirigencia, aquello pareció suficiente.
Después de la eliminación en la fase de grupos de la Sudamericana, en buena parte explicada por la falta de rotación de un plantel que había llevado al límite sus posibilidades en la final frente a Nacional en 2023-I, Enrique Camacho habló de un “semestre de transición”.
Aquella frase terminó siendo la excusa que sentenció el proyecto.
El club parecía conformarse con sacar de vez en cuando un juvenil al fútbol internacional, competir con lo justo en el torneo local y hacer incorporaciones puntuales sin asumir que era el momento de invertir para crecer. Y mientras tanto, la verdadera oportunidad económica y deportiva seguía estando donde Millonarios cada vez parecía estar más lejos: en la competencia internacional.
El proyecto murió, pero nadie quiso enterrarlo
Cuando Gamero se fue, también terminó aquel proyecto. Lo que vino después fue una sucesión de decisiones que nunca consiguió devolverle al equipo la sensación de estar avanzando.
Pasaron entrenadores y mercados de fichajes. Cambiaron algunos nombres, pero permanecieron los mismos problemas.
La llegada de Ariel Michaloutsos hace un año parecía, por fin, una oportunidad para corregir la falta de una planificación deportiva integral. Las incorporaciones empezaban a responder a una lógica y no solamente a las necesidades inmediatas de una temporada.
Con Bustos, además, parecía existir una continuidad entre la planificación deportiva y el trabajo del entrenador. Su llegada produjo resultados inmediatos, pero el primer semestre de 2026 terminó con Millonarios eliminado tanto de la Liga como del torneo internacional.
A pesar de esos resultados, el club decidió respaldarlo. El mercado de fichajes se construyó pensando en complementar su equipo, darle herramientas y corregir las deficiencias que había mostrado durante esos primeros meses.
El equipo tenía problemas y su juego estaba lejos de ser brillante, pero eran problemas que todavía podían corregirse dentro de una temporada que apenas comenzaba.
Bustos salió justo antes del clásico. La decisión de Gustavo Serpa terminó convirtiendo un problema deportivo corregible en una crisis innecesaria. La dirigencia pareció responder al ruido de las redes sociales, quitando un respaldo que había dado hace pocas semanas.
Volvió Gamero. El tiempo, no
Entonces volvió Gamero. El mismo entrenador que había construido el proyecto anterior regresó a un club que ya no es el mismo. Y, paradójicamente, mientras el debate cambia de nombre, el resultado empieza a parecerse demasiado. Millonarios acaba de ser eliminado de la Copa por un equipo de una categoría inferior.
Los jugadores vuelven a las ruedas de prensa con el mismo libreto: autocrítica, asumir responsabilidades, corregir errores y pensar en el próximo partido. Quizá lo más preocupante sea que los referentes ya parecen acostumbrados a ese discurso.
Los futbolistas que llegan a Millonarios se encuentran con un entorno en el que perder dejó de ser una anomalía. Los referentes llevan años conviviendo con la frustración. Los refuerzos llegan y aprenden rápidamente cuáles son las formas, los discursos y hasta las explicaciones después de una derrota.
Y así se construye una cultura.
No una cultura de fracaso porque los jugadores quieran fracasar, sino porque el club dejó de tener la exigencia suficiente para que fracasar fuera insoportable.
¿Y qué puede hacer el hincha?
Ese quizá sea el aspecto más injusto de todo. El hincha de Millonarios sigue haciendo lo mismo. Va al Campín. Compra la camiseta. Celebra fechas importantes del club. Se sienta frente al televisor. Discute durante la semana. Llena las tribunas. Se ilusiona con cada nuevo torneo y vuelve a creer cada vez que rueda el balón, pero ya no le sorprende la derrota.
Hoy puede querer que Millonarios gane, pero también sabe que puede perder contra cualquiera.
Puede pensar que el equipo tiene una buena nómina, pero sabe que probablemente no habrá suplentes cuando hagan falta.
Puede confiar en un entrenador, pero también sabe que mañana el dueño puede decidir que fue una mala elección.
La hinchada de Millonarios es la mejor de Colombia. Pero hasta la fe más incondicional necesita razones para seguir creyendo.
