Mi papá cuenta que un día llegó a la casa y, con la convicción que solo tienen los niños, le dijo a mi abuelo “quiero ser futbolista”. La ilusión duró lo mismo que se demoró la respuesta: “eso no es una carrera de verdad, hay que estudiar”. Así, el sueño se quedó en un potrero, entre partidos de barrio y tardes que no volvieron. Hoy mi papá es un gran arquitecto, pero un mucho mejor pintor de paisajes.

Han pasado casi 35 años desde esa historia y hoy veo otra completamente distinta.

Tengo una compañera de trabajo cuyo hijo juega en las divisiones inferiores de un equipo colombiano. Ella no sabe si llegará a ser futbolista profesional o si la vida lo llevará por otro camino. Pero lo apoya. Lo espera en cada entrenamiento, recorre distancias largas o cortas para verlo jugar y, sobre todo, habla de él con ese orgullo que solo tienen las madres cuando hablan de los sueños de sus hijos.

Así han cambiado los tiempos, la sociedad y así ha cambiado el fútbol.

Hoy ser futbolista ya no es solo un sueño ingenuo que se apaga con una frase. Es un proyecto de vida, una decisión familiar, una apuesta colectiva. Hoy se entrena desde muy pequeño, se lucha desde muy temprano, y se cree, de verdad, que es posible.

Esa fue la vida que eligió Santiago Castrillón y su familia. La historia de un niño de Bucaramanga que dijo “quiero ser futbolista” y encontró una respuesta distinta: “Vamos contigo”.

Y entonces todo empieza: los sacrificios, las despedidas, los viajes, las oportunidades. A los 14 años, Santiago dejó su ciudad para perseguir ese sueño. No era solo fútbol, era amor, era familia, era fe. Un sueño que se apagó el pasado 22 de marzo, cuando, con apenas 18 años, murió haciendo lo que más amaba: jugar fútbol.

La despedida de Santiago Castrillón en El Campín

Anoche en El Campín, el fútbol hizo algo que pocas veces logra: guardar silencio. Antes del partido entre Millonarios y Fortaleza, el estadio entero se detuvo. No hubo cánticos, no hubo ruido, no hubo rivalidades. Solo respeto. Un minuto de silencio real y significativo.

En la cancha, sus compañeros; en las tribunas, rosas blancas y en las pantallas, su historia. Todos compartieron la misma sensación: la de entender que el fútbol, antes que un resultado, es vida.

También hubo una camiseta, con el número 10, entregada a su familia. Como si el fútbol, de alguna manera, intentara devolverles algo que nunca podrán reemplazar. Tal vez ese fue el verdadero homenaje: no el protocolo, no el acto, no el minuto. El silencio.

Porque en ese silencio estaban todos los sueños que empiezan en un potrero, en una cancha de barrio. Todos los padres que alguna vez dijeron que no y todos los que hoy dicen: “inténtalo”, que apoyan los sueños de sus hijos con la misma ilusión de que lo podrán lograr y que nunca se esperan  que la historia termine en esa misma cancha que se llena de ilusiones.

Porque la historia de Santiago no es solo la de una promesa del fútbol colombiano. Es la historia de una generación que se atrevió a creer distinto y aunque su carrera quedó incompleta, su historia no. Porque hay sueños que, incluso cuando se apagan, iluminan a los demás.