Nuestra identidad

Nuestra identidad

“Y yo me quedo con esa melancolía irremediable que todos sentimos después del amor y al fin del partido”.

Eduardo Galeano (El fútbol a Sol y Sombra).

En honor a la verdad no vengo de un hogar con una amplia tradición futbolera. Tengo tíos hinchas de diferentes clubes, un padrino y tío político abonado sempiterno de nuestro rival e hijo y primos asistentes a la popular. El fútbol, en mi casa, era durante buena parte de mi infancia algo para ver por televisión. Sin embargo, en algún momento y como a todo niño que pasaba tardes eternas jugando en el parqueadero del conjunto, en el parque de enfrente del colegio, o durante las noches de vacaciones, en el potrero donde hoy en día hay torres de apartamentos siempre llegaría la pregunta:

  • ¿De qué equipo es usted?

En algún momento de mi vida debí haberlo pensado. Y, sin embargo, desde que lo recuerde, en algún punto en 1994 si no me equivoco, obtuve esa respuesta sincera, directa y corta:

  • De Millonarios.

Y así, como la vida misma, pasé como por cinco o seis colegios, cuatro o cinco barrios, crecí, cambié de intereses y aficiones, pero lo sabía. Hoy, lo sé, lo saben todos a mi alrededor. Es imposible conocerme y no saberlo. Es una de las pocas cosas que conforman mi definitiva identidad. Porque como se expresa magistralmente en una escena de El Secreto de sus Ojos, “El tipo puede cambiar de todo, pero hay una cosa que no puede cambiar. No puede cambiar de pasión”.

Es eso de lo que quiero hablar. Quiero hablar de nuestra identidad. De lo que hizo que fuera sin dudarlo alguna vez en 1999 a la cancha. Y luego otra vez. Y luego dejaría de ir, pero siempre escucharía cada partido por radio porque no tenía televisor. Y luego volviera a ir. Y luego iría cuando pudiera. Y viviría escenas surrealistas con gente que rara vez conocía. Pero hay algo en abrazarse con perfectos extraños gritando un gol, o puteando al juez en coro. Es el sentimiento común, el saber que durante un par de horas no importa a qué se dediquen los perfectos extraños, su raza, su credo, el barrio en el que vivan ni nada.

Y es que, así como el ideal de las revoluciones burguesas del siglo XVIII era que todos los hombres fueran libres ante la ley, al ir a fútbol al menos por un momento todos los asistentes somos iguales. Y somos diferentes a otros que también son iguales entre sí. Porque al llevar estos colores, llevamos con nosotros un símbolo, una idea superior a nosotros mismos e inclusive a la institucionalidad del club. Somos Bogotá, pero más que eso, somos Millonarios de Colombia.

Somos la antítesis de los clubes mimados por el establecimiento, de los fetiches de la prensa. Somos el club que se salvó por la acción colectiva de su gente cuando nadie daba un peso por nosotros, y estoy seguro que lo volveríamos a hacer una y otra vez. Llevamos como propia la bandera de la ciudad que me vio nacer, bastardeada por políticos de prácticamente todos los partidos. Está ahí, en los trapos, en las banderas, en la heráldica con el águila imperial de Carlos V sosteniendo dos granadas convertida en tapa tribunas.

Esa identidad se marcó de forma indeleble en la historia y la llevamos con nosotros a todas partes del mundo donde un hincha de Millonarios se encuentra con otro. Los que vivimos fuera de Colombia lo sabemos mejor que nadie. La distancia no importa, las dificultades menos. Precisamente nosotros, como hinchada, somos la colectividad social y la manifestación de cultura popular urbana más importante que tiene la ciudad, porque estamos en todas partes y somos transversales a todas las tribus urbanas, todas las edades, todas las identidades de género y todas las clases sociales.

Entonces, ¿cuál es nuestro papel frente a nuestra sociedad? ¿Aceptamos pasivamente el rol de sujetos-clientes al que los mercaderes del negocio intentan relegarnos? ¿Del mismo club que la gente salvó con sus propias manos? ¿Somos una fuerza creativa, o destructiva, frente al club, a la ciudad y al país y, sobre todo, frente a nosotros mismos?

Son todas éstas preguntas válidas, y dolorosamente necesarias. El hincha debe saber pedirle cuentas al club, al cuerpo técnico y a los jugadores. Pero para hacerlo debe estar a la altura de las circunstancias, y de su deber histórico. La grandeza no se consuela con campañas competitivas, y mucho menos con desempeños abiertamente mediocres.

Pero la división, la apatía y el impulso autodestructivo son obstáculos en el camino de la gloria. Cuando entendamos esto vamos a dejar de gritar en silencio frente al teléfono, al teclado o a la televisión. Vamos a dejar de presionar a nuestros jugadores más que a nuestros rivales. A contener el sinsentido de invadir la cancha. A entender, comprender y proponer soluciones frente a la violencia en nombre de nuestros símbolos, más allá de las supuestas soluciones represivas. A empatizar, y a ser realistas.

No tenemos un gran grupo económico respaldándonos. No vendrá ningún jeque árabe a comprar el club. Nadie que no seamos nosotros mismos dará un peso de forma incondicional y desinteresada esperando el mayor retorno posible al menor plazo posible, aunque eso signifique no apuntar a la gloria deportiva sino simplemente a que los números no sean rojos.

Es nuestra identidad, o es el fútbol negocio. Nosotros decidimos.

Andrés Cortés

@undresscortes