Como niños en el Campín

Como niños en el Campín

Me conmovió profundamente ver tantos niños en el estadio. Ver en los accesos a padres e hijos ingresando con ilusión al Campín, me hizo recordar la verdadera mística de asistir a un partido de fútbol. “¿Papi, y nos podemos tomar una foto con los jugadores?” escuché a una criatura preguntarle a su padre. “No creo mi amor. Hoy es difícil. De pronto a la salida”, le respondió. Ambos con la camiseta puesta y tomados de la mano, emprendieron camino desde el parqueadero, donde habían dejado su taxi, hacia un encuentro con el equipo de sus amores.

Y es que para un niño poder ver de cerca a sus ídolos es lo máximo. No sé por qué cuando uno es adulto tiene que ponerle más arandelas a todo. Un adulto, por ejemplo, se cuestionaría si realmente un jugador es digno de tal calificativo. Pero un niño no: los jugadores son sus ídolos, sin importar si la tabla es adversa, si el equipo está en crisis o si el bombardeo de la prensa dice que son limitados.

Recordé mi infancia, jugando “chuties” con mis amigos del barrio. Además de jugar, relatábamos lo acontecido como cualquier narrador televisivo. Si me tocaba tapar, me pedía ser Villarraga. Si salía del arco, narraba y trataba de emular las gestas de Marcio. Y si le iba a pegar “con la uña”, me pedía ser Edison Domínguez. Realmente no tengo memoria de haber pensado en algún momento si eran los mejores jugadores de la liga, o si eran limitados. Eran mis ídolos y punto.

Ayer en el estadio, el contraste de generaciones era total. Todos, grandes y chicos, queríamos que ganara Millonarios. Pero las “formas” eran distintas. Los niños, felices desde los himnos, con su saludo a la bandera y sus arengas optimistas. Los grandes, tratando de alentar, pero también sucumbiendo pasajeramente a la ansiedad del partido. Insultando al árbitro, al rival y criticando eventualmente algún mal pase de un jugador propio, seguramente sin mala intención.

Al final, creo que todos salimos contentos. Pero los adultos nos preocupamos enseguida por la tabla, porque el equipo no jugó bien y porque sufrimos más de la cuenta. Los niños en cambio, no cambiaron nunca su libreto: apoyar, sonreír y disfrutar de las tribunas y de los jugadores. Ellos me recordaron lo privilegiados que somos por poder ir al Campín.

Y me pregunté por el verdadero espíritu de asistir al estadio. ¿Será el del rol objetivo, inquisidor y analítico, propio de un periodista deportivo? ¿Será el de apoyar y alentar cuando el equipo juega bien, pero dejarnos vencer por los nervios y la ansiedad cuando no salen bien las cosas? ¿Será el de ir a exigir no solamente resultados, sino también un estilo de juego digno?  ¿O será el de dar apoyo y afecto incondicional a quienes defienden la camiseta, tal y como lo haría uno de los tantos niños que ayer embellecieron las tribunas?

En algún momento de la vida, la realidad termina imponiéndose sobre la mayoría de nuestros juicios. En algún momento de la vida nos volvemos adultos y dejamos de disfrutar de lo esencial. Qué lindo sería que todos nos volviéramos niños para asistir al estadio. Ayer ellos, como en tantos otros temas, nuevamente nos dieron una gran lección.

Jorge Restrepo

@jorgerest