Chantaje Distrital

Chantaje Distrital

Mientras observaba un ambiente atípico de fútbol, con las tribunas sin los trapos habituales y una banda cuyo instrumental brilló por su ausencia, me pregunté por el rol de las autoridades distritales como propietarias y administradoras del Estadio El Campín.

Resulta increíble la forma con la que a través de una medida arbitraria, absurda e ineficaz, pretenden ciertos burócratas demostrar gestión. No voy a entrar a defender los cánticos que generaron la sanción, ni ampliar la discusión en un debate que debe darse en otros espacios pero que desde luego es bienvenido. Sin embargo, no creo que el rasero de un funcionario distrital, su opinión sobre lo que es ofensivo, provocador o de mal gusto,  termine convirtiéndose en parámetro para fijar sanciones y mucho menos para una depuración moral y por ende, colectiva. Tampoco considero que el prohibir el ingreso de un trapo o un instrumento pueda calificarse como una medida eficaz, un acto diligente o valioso, ni mucho menos pueda ser utilizado como un elemento que aporte en un debate que, repito, siempre será bienvenido.

No obstante la medida, si es que fue útil en algún sentido, sirvió para constatar la manera como la Alcaldía de Bogotá maneja su máximo escenario deportivo. Reconociéndose como poseedores de un bien único y difícilmente sustituible en términos prácticos, los funcionarios terminan por emular el comportamiento de un monopolista que exprime al máximo la curva de su demanda, en lugar de favorecer un espectáculo que aunque es explotado por privados, termina siendo de interés público por sus dimensiones y por el alcance que tiene en la cultura e identidad de toda la ciudad.

Es difícil encontrar en Colombia, y tal vez en el mundo, un caso en el que abunde tanta intromisión oficial en un estadio de fútbol. Y no hablo de las medidas que favorecen la seguridad y el orden público, pues en cualquier caso son lógicas y necesarias. Me refiero a otro tipo de condiciones que se parecen más al abuso de quien se reconoce como el poderoso dueño de un monopolio.

Por ejemplo, desconociendo los contratos, montos y condiciones de negociación, uno se pregunta ¿Por qué si quien alquila el escenario es quien paga por su seguridad y usufructo, no puede disponer de la totalidad de los espacios y elementos disponibles para publicidad? ¿Por qué tiene que limitar el contenido de la pantalla electrónica a incesantes videos del alcalde y campañas de ‘autobombo’ institucional que nadie ve durante los partidos? ¿Por qué abundan los eslóganes de la “Bogota Mejor Para Todos” en pasillos, tribunas, techos y hasta bancos de suplentes? ¿Cuánto se gasta el distrito cambiando las vallas de todos sus escenarios y edificios cada 4 años para favorecer la marca personal del alcalde de turno? Son apenas simples detalles, nada determinantes pero que ponen en evidencia la desigual relación comercial entre equipos de fútbol y gobierno distrital.

¿Se imagina usted a Mick Jagger cantando mientras en la pantalla pasan videos de Peñalosa inaugurando obras?  Difícilmente un empresario de conciertos aceptaría esas condiciones. Pero claro,  aunque el empresario preferiría siempre utilizar El Campín, puede recurrir en todo caso a otros escenarios e incluso a otras ciudades para concretar su evento. Un equipo de fútbol, patrimonio de Bogotá como lo es Millonarios, no puede tomar una decisión de ese tipo y por lo tanto no cuenta con el mismo poder de negociación. La Alcaldía reconoce esa necesidad y se aprovecha de la situación, ya ni siquiera solo con publicidad, que en últimas no termina siendo tan grave pues en todo caso ya es una costumbre de lustros que no limita el espectáculo principal; sino también con medidas populistas como las del domingo, que nada tienen que ver con la seguridad de los asistentes y con las que pretende entrometerse en el espectáculo, de manera inútil pero rimbombante,  tal vez para mostrar diligencia y capacidad.

Es improbable que este chantaje desaparezca. Los equipos de fútbol serán prisioneros de las condiciones del “dueño del chuzo” mientras no cuenten con una verdadera alternativa para desarrollar su espectáculo. Sin embargo, deberían manifestar su inconformidad frente a la costumbre de los burgomaestres de turno de utilizar al fútbol como instrumento de campaña y oportunismo político, situación que parece volverse más frecuente cuando las competencias administrativas son tan bajas como la aprobación ciudadana en las encuestas.

 

Jorge Restrepo

@jorgerest