Cambiar el chip

Cambiar el chip

Si el sacrificio, la abnegación y los kilómetros recorridos por un equipo son una buena medida para calificar la calidad de un hincha, debo admitir que no estoy ni cerca de ser un hincha ejemplar. Conozco muchos mejores hinchas de Millonarios que yo. Personas que literalmente viven por el equipo, trabajan para viajar y llevan un record de incondicionalidad impresionante.

Yo le invierto tiempo a Millonarios, no tanto como el de estos hinchas admirables, pero tal vez más del recomendable en términos académicos y profesionales. Participo en un programa de radio y escribo semanalmente columnas como ésta. Me abono y asisto religiosamente al Campín, siempre procurando hacerlo para apoyar al equipo y generar buen ambiente. Pero nunca fui un hincha viajero, ni siquiera en finales.

A mí me tocó criarme escuchando los partidos por “Futbol Visitante”, con sus insoportables e interminables tandas comerciales, que contrastaban con los pocos minutos de narración real. Esas transmisiones eran un parto para el hincha, no sólo por las razones mencionadas sino porque el libreto casi siempre era el mismo: según el comentarista, Millonarios jugaba bien o al menos controlaba el partido, hasta que aparecía la “Puya” Zuleta, Rodas, Arrieta, Vidal o cualquier otro actor de reparto del fútbol colombiano que se vestía de Romario contra nosotros,  para acabar con nuestra ilusión de victoria.

Por supuesto que los equipos de Millonarios que me tocó ver y “escuchar” en esos años de infancia y juventud no destacaban por su calidad. Eran nóminas muy limitadas y mal remuneradas. Pero aun así, siempre fue notoria la diferencia de rendimiento entre los partidos jugados dentro y fuera del Nemesio. Conseguir tres puntos lejos de casa era toda una rareza.

Incluso años después, ya sin la tortura de las transmisiones en AM, sino con las ventajas que trae un partido televisado, pude ver cómo nóminas no tan limitadas caían de manera increíble en otras ciudades. Vi por TV cómo un Quindío genérico nos goleó en Armenia, al Huila ganarnos unos cuadrangulares en un Plazas Alcid lleno de hinchas azules, a Junior remontarnos una serie después de un 3-0 en el partido de ida y, en general, pude asociar los partidos de visitante a un sufrimiento superior al que deberíamos haber soportado con la calidad que tenían esos planteles.

Es que algo le pasa a Millonarios desde hace años cuando juega fuera de Bogotá. Salvo la campaña memorable de 2012-II, los rendimientos como visitante en las últimas dos décadas fueron mediocres en la mayoría de los partidos. El equipo suele jugar con una especie de complejo que le hace mermar dramáticamente su rendimiento.

El Millonarios 2017 de Russo pareciera padecer la misma enfermedad. El equipo ilusiona en El Campín, pero sucumbe, juega mal y preocupa en condición de visitante. No encuentro una explicación diferente a que el problema pasa por la cabeza. Porque los equipos enfrentados no contaban con nóminas superiores o llevan campañas sobresalientes. Tampoco se ha jugado bajo condiciones difíciles, canchas hostiles o climas particularmente adversos. Simplemente el equipo ha pagado caro su exceso de confianza, especulación o el motivo que sea por el cual juega de manera tan discreta por fuera de Bogotá.

No podemos dar más ventajas en la Tabla de Posiciones por puntos perdidos frente a planteles más débiles. Confío en que el cuerpo técnico sea capaz de revertir la tendencia y terminar de una vez por todas con ese problema que a estas alturas parece tan arraigado. Hay calidad suficiente para lograrlo.

Es hora de que Millonarios juegue bien y gane como visitante. Que se vuelva una sana costumbre y una obligación. Es hora de darle alegrías a los hinchas que viajan con tanto mérito, y también a los que nos quedamos en casa. Es hora de construir hinchada en otras ciudades con demostraciones de buen fútbol. Es hora de cambiar el chip. Y que el único martirio para aquellos que todavía les toca escuchar los partidos por AM sean las largas tandas publicitarias.

Jorge Restrepo

@jorgerest